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No hay duda de que tanto la formación continua y
en alternancia como la capacitación profesional de empleados y desempleados
se han convertido, en los últimos años, en los grandes objetivos de
la Administración, en sus más diversas expresiones nacionales y regionales,
de las Empresas y Sindicatos, y de todas aquellas instituciones que
dirigen gran parte de sus actividades tanto a mejorar la cualificación
de los trabajadores en activo como a contribuir a la inserción laboral
de los trabajadores sin empleo.
Se encuentran escasas voces discordantes, por no
decir ninguna, que pongan en duda la fuerte imbricación entre formación
y empleo o que cuestione la formación como uno de los caminos que más
claramente puede cooperar a la mejora de la productividad y a la generación
de trabajo.
Miles de millones de pesetas se dedican todos los años, en Europa y
en España, procedentes de fondos públicos o privados, a formar a miles
de personas que reclaman acceder al dominio de un campo de conocimiento
determinado o a la destreza en una competencia definida; y se pueden
contar también en miles el número de cursos de formación que se llevan
a cabo por diferentes tipos de entidades y organizaciones, a lo largo
y ancho de nuestras comunidades autónomas, intentando satisfacer demandas
de la más diversa índole.
Cuál ha sido o será el impacto de tales estrategias
formativas es difícil saberlo, aunque ya se empiezan a sumar las investigaciones
evaluadoras (HERNÁNDEZ y LÓPEZ, 1996; LE BOTERF, 1991), que se detienen
en:
a) estudiar los resultados obtenidos en una acción formativa determinada
(VÁZQUEZ GÓMEZ, 1991)
b) analizar cuantitativa y exhaustivamente un elemento de ese complejo
proceso que va de la formación al empleo (WHYTE, 1984) o, por poner
otro ejemplo más
c) explorar las entidades formativas que se dedican a esta tarea (HERNÁNDEZ
y LÓPEZ, 1996).
Tal es el caso de aquellas agencias que participaron
en la convocatoria de financiación de acciones formativas, cofinanciadas
por el Fondo Social Europeo y el Gobierno de Navarra durante el año
1995:
Era preocupación de los evaluadores caracterizar la estructura interna
de las entidades, los modos de presentarse al exterior, al público,
el tipo de profesorado y la ligazón que éste mantenía con la entidad
formativa, las estrategias formativas empleadas y la implicación de
las diferentes instituciones en el futuro laboral de los participantes.
Sea como fuese, el hecho es que el escenario económico y social ha cambiado
en las dos últimas décadas debido a toda una serie de factores y variables
convergentes y se ha transformado sensiblemente, dando lugar a:
1º) un mercado con una estructura muy dinámica caracterizada
no sólo por el cambio sino por el "grado de cambio";
2º) innovaciones tecnológicas que obligan a las
empresas a reorganizarse continuamente;
3º) mercados globales muy competitivos;
4º) movilidad geográfica de los trabajadores en
un territorio, el europeo, en el que han de tener homologadas ciertas
cualificaciones;
5º) obsolescencia de los sistemas educativos formales
que no responden a las necesidades de las empresas ni a las exigencias
de los nuevos empleos, al propiciar una visión disciplinaria y compartamentalizada
del conocimiento más orientado al control y rendimiento de los alumnos
que a la solución reflexiva de problemas;
6º) el predominio de estrategias formativas -no
sólo en las instituciones académicas sino también fuera de ellas- que
no son capaces de relacionar la formación con los perfiles profesionales
requeridos por éste o aquel tipo de empleo, provocando una fuerte ruptura
en aquel viejo triángulo, por tradición "intocable", que caracterizó
la producción industrial fordista en sociedades más o menos estáticas
(carrera= profesión= empleo), ya que ni unos estudios aseguran o se
identifican con el dominio de una profesión (cuando los alumnos logran
sus licenciaturas reconocen, en un porcentaje muy alto, que no saben
caracterizar los rasgos más definitorios de "su" profesión), ni una
profesión es por sí sola garante de competencia de trabajo en el mercado
donde ella se está ofertando: el surgimiento de múltiples profesiones,
ocupaciones y oficios, asociados a un mismo territorio de acción laboral,
mantiene en conflicto continuo a las profesiones, que se corporativizan
para hacerse más fuertes y monopolizar, frente a otros profesionales
de perfiles similares, las ofertas de empleo (BURRAGE, 1993).
La llamada "crisis del conocimiento profesional" ha puesto de manifiesto
varios hechos en sociedades caracterizadas, entre otros rasgos, por
la "revolución tecnológica":
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Primero. Que lo importante no es que exista
conocimiento, sino que lo relevante es cómo se organiza socialmente
para cubrir un perfil de cualificación y responder a una necesidad
en el empleo.
Segundo. Que las instituciones formativas
de carácter superior o medio siguen atadas, en gran medida, a una
concepción rígida y estática del conocimiento, convirtiéndose éste
más en un instrumento de acreditación y certificación formal que en
un medio por el que los profesionales son capaces de abordar los problemas
propios de su profesión e intentan solucionarlos.
Esta obsesión por la certificación, propia de la "sociedad credencialista"
(COLLINS, 1989), puede llegar a provocar la paradoja de que alguien
acceda al mercado de trabajo muy "armado" (cientos de certificados
correspondientes a cursos, jornadas, seminarios...) y sin embargo
carecer de suficiente cualificación (la otra cara de la cuantificación)
para confirmar en el trabajo, el perfil y la competencia para la que
se supone ha sido formado.
Tercero. Esta rigidez actúa en la
línea opuesta de lo que el mercado y las empresas están pidiendo de
los trabajadores, sea cual sea su profesión: que las personas estén
formadas con respecto a los perfiles propios de cada empleo y que
las notas dominantes, en las señas de identidad de cada profesional,
deben ser (BURRAGE,1993): · Adaptabilidad. · Flexibilidad. · Reconvertibilidad.
· Polivalencia .
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En general, se es consciente de esta situación y todos aquellos
interesados por el mundo de la formación, reconocen más o menos este
estado de cosas.
Se han presentado algunas alternativas como los modelos de formación-en-la-acción
laboral o formación en el trabajo, tan coherentes y serias (SCHÖN, 1993,
1998) como difíciles de aplicar en una escuela, y en una empresa básicamente
competitiva, sea cual sea su nivel, y en una sociedad obsesionada por
la eficacia y el logro rápido. Incluso, llevado a las empresas, este
tipo de formación podría haber sido mucho más rico y emergente de no
haber estado éstas, como organizaciones sociales que son, planificadas,
en gran medida, con fuertes acentos tayloristas (SARRIES, 1996), en
donde la formación es concebida a un nivel muy instrumental, a la medida
de cómo es tratado el conocimiento en las escuelas, repitiendo los errores
y los mimetismos de éstas.
Al final de este Informe damos cuenta más detenida de este tipo de enfoques
alternativos a la formación tecnoacadémica y tradicional. Bajo esta
atmósfera de confusión y falta de comprensión sobre los qués (contenidos),
cómos (procesos) y para qués (metas) de la formación, se entiende que
se impulsen propuestas formativas formuladas desde diversas instancias
intentando hacerse eco de todas aquellas características que se deducían
de nuestro análisis anterior:
- Las empresas demandan un trabajador cada vez más formado (porque
las empresas han pasado, en pocos años, de no creer en la formación
a reclamarla como imprescindible).
- La formación en la polivalencia es una exigencia básica (ya
que ahora, mucho más que antes, se es sabedor de las características
que mantienen en vida una empresa y los riesgos que comporta el no
decidirse a adoptarlos por "criterios económicos": no querer bajar
el nivel y grado de beneficios; ahorrar costos en algo tan "espúrio"
como la formación y expresiones similares...)
- Los activos de una empresa no son sólo sus recursos materiales
ya que el potencial humano (tantas veces tan ponderado como escasamente
conocido y llevado a la práctica), cuando es valorado pertinentemente,
puede convertirse en "la mayor riqueza" de la mísma.
Tal es así que cuando se conocen determinadas experiencias (como las
de Volvo, Siemens, Xerox, Fagor...) y sólo cuando se han vivenciado
determinadas pautas de conductas, es cuando se llega a percibir la
importancia de la formación de los trabajadores de una empresa: toda
la nueva terminología al uso -calidad total, equipos de mejora, relaciones
de cooperación, cultura laboral, autonomía interna...- expresa un
nuevo modo de "interiorizar" las dinámicas de una empresa tanto en
sus dimensiones organizativas como productivas y relacionales (FOOTE,
1991).
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En resumen:
- Ha cambiado, y está cambiando profundamente, la estructura del
mercado laboral (MONREAL, 1992). No es de extrañar, por tanto, que
los trabajos sobre sociología del empleo y sistemas de mercado en
el funcionamiento de las empresas, pongan el dedo en la llaga al
diagnosticar que:
a) en las crisis empresariales, aparecen como un rasgo significativo
la diversidad y la dispersión en las estrategias adaptativas que
la mayoría de empleadores utilizan ante su caída: esta dispersión
ha propiciado más la confusión que la adaptación para la resolución
de problemas;
b) los trabajadores, sea cual sea su nivel, ante tales cambios
y modificaciones, no respondan, en gran medida, ni global ni específicamente,
a los requerimientos laborales, por los que se supone que cualquier
empresa se convertirá en una unidad de producción más efectiva.
- Ha surgido y está confirmándose una nueva forma de concebir
las empresas y los empleos así como la forma de abordarlas para extraer
más beneficios de las unas y los otros.
- Están cayendo, por inadecuados, los sistemas de cualificación
fija e inicial de los trabajadores, que, en el empleo tradicional,
eran suficientes para desenvolverse en las empresas, y que, en los
momentos actuales, son claramente insuficientes para los objetivos
que persiguen dichas empresas.
- Se fortalecen nuevos modelos de trabajo basados en la competencia
y capacidad.
- Se impulsan sistemas y modelos de formación continua y permanente,
orientados a la polivalencia sistemática, haciéndola converger
con algún tipo de especialización puntual.
En este sentido, se patentiza una "crisis de formación", en las agencias
educativas y otras instituciones creadas para ello, orientada más
hacia los certificados y créditos (sanciones formalistas necesarias
para acceder a un empleo), que en una preparación para las prácticas
profesionales y para el desempeño de los empleos hacia los que han
de dirigir sus competencias profesionales.
En este contexto sociológico y económico, por supuesto también
pedagógico, se entiende el interés del gobierno local de Molina de
Segura por dar respuesta a algunas preocupaciones relacionadas con
la formación y el empleo en el sector de la Industria Conservera.
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